domingo, octubre 10, 2004

Una vida individual es una mini-crisis capitalista serializada, un desastre que lleva tu nombre

Recogido en indymedia-canarias:

La música Tecno y, en particular, la cibermúsica, que para un buen número de fans representaba una forma de impugnación de las jerarquías estéticas (y sociales), se revela en este análisis como un elemento más de integración en un orden burgués que prefiere (y es capaz) de asimilar las contradicciones en lugar de combatirlas. El Viejo Topo, nº 96, Mayo 1996 p.p. 66-70
(Este artículo circula anónimamente entre la izquierda autónoma alemana).

El poder se realiza de una forma distinta a como se intercambian mercancías. El poder se ejecuta a través de redes, dice Foucault: “Y los individuos no solamente circulan por sus nudos, sino que también están en una posición en la que experimentan y ejercen este poder. Nunca son el blanco inamovible y consciente del poder, Siempre son sus elementos de interconexión; dicho con otras palabras, el poder no es aplicado a los individuos, los atraviesa. El individuo no es aquello que se encuentra enfrente del poder; es uno de sus primeros efectos”.


Las técnicas del poder se han vuelto más sutiles, más miniaturizadas, más invisibles y además omnipresentes. Un ejército de agencias de normalización ha irrumpido en la escena. Sólo es necesario mirar alrededor para encontrarse con un trabajador social o con un terapeuta, un experto en mediación y en la mejora de las condiciones de vida (diversas formas de hacer tolerable la represión). De una manera muy simplificada, podríamos decir que el capitalismo en los estados industriales de Occidente ha pasado por una fase históricamente cruel en que los individuos se ven determinados a través de la productividad y la eficiencia, a la que le ha seguido una fase de producción centralista, de las grandes fábricas, del taylorismo y fordismo y que ahora culmina en el capitalismo tardío. Estas etapas económicas se han visto acompañadas de técnicas de poder específicas. Lo importante hoy es que el capitalismo opera con una tendencia cada vez mas acusada, no hacia la supresión de contradicciones, sino a la integración de éstas. El capitalismo produce continuamente ideales. Como dicen Deleuze y Guattari, desterritorializa. Es decir, es productivo, dinámico y libera continuamente de dependencias. Religión, familia y valores tradicionales no solo son atacados por los movimientos de emancipación, sino que también son ‘engullidos por la misma lógica del capitalismo, porque éste, continuamente, suministra un nuevo territorio para su aprovechamiento. Por eso el capitalismo es un proyecto permanentemente provisional porque tiene que trabajar continuamente para mantener bajo control las contradicciones que libera/genera.


En este momento parece ser que funciona bastante bien, puesto que aparentemente se ha sabido armar de manera formidable con el saber de las luchas minoritarias: los verdes son los nuevos socios de los tecnólogos sociales gobernantes. El movimiento de empresas alternativas ha contribuido, agradablemente, al aumento de la oferta capitalista. La tienda biológica en la esquina se ocupa de la nutrición correcta del ciudadano postmoderno. La oficina para la igualdad de la mujer administra el feminismo. Los ingenieros de las grandes empresas desarrollan su tarea en el marco colectivo de grupos reducidos. Por todas partes hay equipos de trabajo bien avenidos. Los asalariados juegan al entendimiento social y los trabajadores y trabajadoras precarios están contentos con sus flexibles horarios de trabajo.


“Una vida individual”, escribe Brian Massuni, “es una mini-crisis capitalista serializada, un desastre que lleva tu nombre”. Lo interesante es que vivimos en un tiempo en el que el capitalismo se ha vuelto tan dinámico y productivo que la fase agresiva de normalización y disciplinamiento ya hace tiempo que se ha superado. La normalización avanza bajo el signo de la aceptación de la diferencia. En un momento determinado aparecieron en el horizonte del sistema capitalista tardío los “Raver” [participantes en tecno-parties, fiestas musicales que se desarrollan en espacios y de forma no tradicionales]. Los ravers iniciaron un pequeño ataque, minoritario, contra la administración del tiempo libre y del disfrute que gestionaban los ingenieros de la cultura juvenil. A primera vista, la tecno-party es un lugar para los que no encuentran su lugar en el capitalismo tardío. Aquí uno puede encontrar su suerte: muchas promesas de acabar con estúpidas reglas burguesas y un bello dejarse ir. Se podría, pues, apuntar el carácter disidente del Tecno, cuya definición más amplía, radical y chic ha sido la de “sonido postestructural”: por una noche, uno ha dado un paso hacia fuera, más allá del reduccionista sistema de coordenadas del trabajo, obligación y autocontrol. Por una noche uno puede hacerse el loco y comportarse como si mañana no fuera a hacer suya de nuevo, enérgicamente, la identidad del yo. De alguna forma, seguramente esto es inherente a toda salida nocturna de tipo escapista; inherente a todo deseo de salir dejándose vaciar el cerebro en un concierto —la música es más fuerte que los propios pensamientos—, de tomar vacaciones de uno mismo, si ello es posible, y de ir de bar en bar más rápido que el aburrimiento, utilizando las drogas como respuesta a las imperiosas, aunque difusas, necesidades que sentimos.


Los amigos del Tecno, sin embargo, destacan muchas otras promesas de felicidad y numerosas negaciones de los grandes significantes de la cultura: la obra original, el autor genial, la estrella, el aplauso, el esfuerzo artesanal de tocar un instrumento, la posición central de la voz y la melodía, la administración del divertimento temporal por medio de ofertas de ocio comerciales, el capital simbólico de la “importante” recepción cultural.


Un programa de subversión Tecno se podría sintetizar, aproximadamente corno sigue. Primero: la alegre high-conexión con las máquinas electrónicas. No es necesario saber tocar un instrumento para hacer música. Las máquinas son tus amigas. Uno puede producir ruidos y sonidos con ellas. La conexión con las máquinas permite rapidez y flexibilidad. Los medios técnicos de producción estética están al alcance de tu mano. Cada uno es un DJ [Disk Jokey], cada uno es productor de Tecno. La utilización de las máquinas no será ya el saber secreto de una élite técnico-científica o cultural, sino de libre acceso.


En una perspectiva todavía muy lejana, la conexión con las máquinas llevada al límite podría transformar y romper la relación estable del yo y del super-yo de los sujetos. La feminista y científica Donna Haraway ha empleado en este sentido la noción de Cyborgs, de máquinas orgánicas, de acoplamientos hombre-máquina. La idea de los Cyborgs ataca una parte central de la filosofía occidental: el pensamiento basado en determinados opuestos: aquí hombre, allí mujer; aquí cultura, allí naturaleza; aquí tazón, allí sentimientos, etc.


Segundo. Las máquinas son utilizadas en contra de sus instrucciones de uso. No son potentes órganos caseros con los que se simula el sonido limpio de un piano. Con ellas se produce un añadido a la idea tradicional de música. Se hace sonar hasta el mismo proceso productivo, hasta el zumbido de las máquinas. Si la música es zumbido filtrado, la reducción del ruido a sonidos repetitivos y reconocibles, ahora se puede jugar con precisión con la relación del zumbido blanco no filtrado y música redundante bajo condiciones fijadas por el ordenador. Abstracción y ambiente.
Tercero. Todos se convierten en emisores potenciales. Sólo tienes que coger la basura de las grandes producciones electrónicas, de la investigación militar y la de la producción industrial, o sea, los gadgets de la industria del ocio, como los ordenadores de bajo y de batería. Su utilización combinada, masiva, romperá la relación unidireccional entre emisor y receptor —que ya fue descrita por Baudrillard como una de las relaciones de poder más abstractas. El monólogo de los media se ve interrumpido por tu propia, pequeña y sucia práctica gracias a la tecnología.


Cuarto. La descentralización del sujeto. La fiesta es una situación en la que puedes perder, por un momento, tu trabajada autodisciplina. En medio de un espacio de sonido fuerte y luz parpadeante, puedes olvidar, aunque sea por un instante, tu fuertemente arraigada identidad burguesa, puedes alcanzar la sensación de disfrute corporal, ahora mismo. Ya no se trata de un gozo de segundo grado, en el sentido de: “Esta música es cojonuda, porque está hecha por XYZ”. Tampoco se trata de una euforia psico-acústica regresiva, que recurre a lo “hortera”, se dirige al deseo, inherente a los cuerpos, de sonidos melodiosos o produce esa excitación totalitaria por medio de sonidos montados de manera marcial y jerárquica.
Se trata de un maquinismo musical: una sensación de ligereza y transgresión de las fronteras del cuerpo cuando se baila durante mucho tiempo en un espacio marcado por una luz y un sonido abstractos. Esta felicidad inconsciente surge, presumiblemente, como consecuencia de la prolongada audición de una música, producida electrónicamente, que es muy simple, minimalista y repetitiva. Estás en un espacio-sonido producido por máquinas, y el deseo de flipar no lo sacia una oferta central, ni la estrella de turno ni la estructura jerárquica de la música.


Quinto. El principio del Club. El Tecno empieza en el club o en un espacio alquilado temporalmente en algún sótano o en una vieja fábrica. Si la ciudad ha llegado a ser un sistema bien regulado en la que coches y peatones circulan según las normas de circulación vial, el club lo que hace es abrir un nicho extraordinario. La inauguración de un Tecno-Club es una actuación sin palabras, es decir, lingüísticamente no articulada, contra la administración capitalista del tiempo y del espacio. No hay relojes, no hay señales de tráfico. Su contenido es la forma: la apropiación del lugar, tiempo y placer y la conexión a las máquinas. El club funciona bien cuando es pequeño. Las posiciones de los DJs, de los que llevan el club y de los/las ravers son, por lo menos en principio, intercambiables.


A segunda vista ya no a primera vista, a segunda, tienes que cuestionar que, evidentemente, el programa (patético en sí mismo) consiste en su supuesto contenido subversivo. ¿Pueden ir unidas música y subversión? ¿Subcultura y resistencia? Desde la discusión sobre el final de la cultura juvenil que empezó al decubrirse una gorra de Malcom X entre los agresores racistas de Rostock, se vuelve a hablar otra vez sobre particularismo subcultural, revuelta, capitalismo y Pop.
Un plan de subversión subcultural estética no puede funcionar en el capitalismo cibernético. ¿Y entonces qué? Mística, subcultura, práctica estética no tienen por qué funcionar, no tienen por qué obedecer a ninguna lógica instrumentalizada, politizada. De lo que se trata quizás es de contestar a: ¿cómo una práctica estética como la Tecno, que ha introducido un disfrute progresista en la vida cotidiana, no va a acabar siendo un elemento de moda para el mercado capitalista que ha integrado las diferencias?
Sven Váth ha dejado claro que esta pregunta le parece irrelevante: “Entonces, en los dorados años 20, la sociedad esnifaba cocaína sin pensar en las consecuencias e ignorando cualquier problema. Hoy vivimos algo parecido, aunque la conciencia y la actitud hacia la vida son más positivos. Al parecer, el sentimiento respecto a la vida ha cambiado y los problemas de la sociedad se ven desde otra perspectiva, más comunicativa. Esta generación estará en condiciones de resolver los problemas actuando. Cada año, la conciencia de haber cometido errores se hace mayor, lo cual permite desarrollar una filosofía pata una nueva vida a partir de este conocimiento. El que un determinado ambiente está de moda o no, es algo que va decidirán los que se ocupan de las formas en boga. Yo continuaré con lo mío, de manera consecuente, y me da exactamente igual que se enmarque en una tendencia o una evolución social”. Este positivismo estúpido quiere pasar, evidentemente, por alto que en el capitalismo tardío hay miles de posibilidades de actuar, que incluso se fomenta la conveniencia de articularse, de ser creativo y participar, apenas hay posibilidades de actuar fuera de las coordenadas del sistema, ya que el capitalismo es una forma de sociedad que no fracasa tan rápidamente en sus contradicciones, sino que las integra, administra y hace útiles.


El poder, en primer lugar, ya no es represivo, sino comunicativo y productivo. La nueva forma de socialización es el sujeto alegre—voluntario de la participación. Participar! Participar! Tiene tanta más libertad y posibilidades a su alcance cuanto más se tiene a sí mismo como enemigo. Poder y control se han unido en el sujeto formando un todo. Este producto-sujeto-alegre-voluntario es el resultado de un tiempo construido metódicamente. Es un ser ilusorio porque su estado representa un sentir del tiempo y del espacio ilusorio, a-histórico y a-materialista. Entre él y la sociedad reina el consenso de la nada amontonada, con la que uno se las puede arreglar, en tanto que permite una vuelta, de corta duración, a la positividad, en la que uno está muy consigo mismo, muy con las cosas: “Yo continuaré conmigo de manera consecuente”.

Sólo la inconsciencia puede llevar a ver en esto una perspectiva, a esto que no es más que una de las posibles formas de identidad sin esperanza: percibirlo todo como verdadero aún cuando se trate sólo del simple disfrute de mercancías, de la evasión sin consecuencias, de actuar hasta agotarse aunque no se supere el horizonte de las condiciones de la industria de los valores de cambio y del ocio. Nuestra situación parece ser la siguiente: podemos vencer al sistema a través de los conocimientos, de las informaciones, textos y medios productivos, y, a la vez, se nos han vetado las posibilidades de una intervención transformadora.


El subjetivismo es la ideología adecuada, en ese contexto para sujetos que existen cada uno para sí mismos. Es un pensamiento basado en ‘tener éxito’ sin haber tenido nunca experiencias exitosas, es una visión positivista del sujeto, incapaz de una práctica social radical. Acomodarse en la ausencia de un movimiento social. Apañárselas. Este es el contexto de una sociedad de Ravers que introducen una práctica estética en la sociedad sin cambiarla. No hacen otra cosa que integrar el disfrute del Tecno en el capitalismo: otro espacio tecno-luminoso-quinético de evasión mediática. Hay restos del Tecno producido en serie que permanecen como formato comercial. Pero las supuestas progresiones formales desaparecen: las estrellas vuelven, el Kitsch, la separación entre organizadores, DJs y público...
Precisamente porque el Tecno es un medio sin lenguaje, basado en formas estructurales, en las que los momentos verbales y la radicalidad articulada en forma de lenguaje no desempeñan ningún papel, es por lo que es tan sencilla y fácilmente integrable. Esto no debe entenderse como la reivindicación de una mayor presencia de texto en las subculturas. Lo más atractivo en el Tecno es precisamente esa ausencia de la palabra, su abstracción.


En el Tecno, la forma es el contenido —en el sentido estricto de supresión de la separación entre la política y la vida—. La lucha contra el poder no transcurre a través de ideologías, a través de la difusión del mensaje de lo mejor y lo correcto, ni tampoco a través de la instrucción. El propio poder no crea ya hoy contenidos ideológicos. Yo pienso, pues, que la lucha contra las técnicas del poder no será ganada, probablemente, por tener los mejores argumentos. Son importantes, en todo caso, los lugares y los acontecimientos en los cuales otro tiempo se hace sentir directa y colectivamente. Lo interesante, hablando de los lugares y acontecimientos subculturales, es saber en qué medida el capitalismo puede transmitir el valor de formas estéticas. El paso del Tecno ilegal al “All-Atea-Unitv-Love’n’Peace-Mega-Rav” esponsorizado por Camel no ha sido muy grande. Para entendernos: lo que pretendo con este texto no es actuar como conservador de un museo de minorías ante el capitalismo maligno. ¿Cuál es su minoría preferida? ¿A quién tiene más envidia?
Un sistema que, en los últimos decenios, ha complementado sus estructuras de poder represivas con la productividad y fomentado la participación, la comunicación y la autorrealización, anexiona constantemente espacios hacia los que se pueden desviar las energías producidas en una realización liberadora de la gente. Pero hay que considerar también que alimentar la moda con la integración en el mercado capitalista de lo diferente, no sólo es un problema de los que construyen esas modas periodísticamente y las administran desde la industria del ocio. Muchas pequeñas decisiones que se toman por parte de la comunidad Tecno favorecen la evolución en una u otra dirección.


Cuando en Munich un local Tecno se trasladó al aeropuerto de Riemer hubo una crítica simpática que citaba a Hegel: “... la mirada a la Noche del Mundo pertenece, como dice Hegel, al espíritu que sueña: en algún momento el sujeto tiene que despertar, o sea, tiene que salir del rectángulo mágico de la pista de baile. Es por eso que Hegel habla de este despertar como el sumergirse en el reino de los nombres”. Y evidentemente es así: En un momento, puro y sumergido en una noche que está más allá del mundo —las noches de baile bautizadas Ultraworld—, el sujeto Tecno, aunque sólo sea al ir un instante al lavabo, se ve sometido de nuevo al duro régimen del reino de los nombres inventado por la industria del ocio en nombre de la nueva cultura de espacios de Munich, en el orden disuelto del aeropuerto.


De la misma manera que Adán dedicó sus primeras fuerzas creativas a dar a todas las cosas un nombre, también los nuevos señores de las viejas terminales hacen valer su ‘derecho de pernada’ marcando simbólicamente áreas enteras y esbozando un orden de separaciones y de movimientos canalizados, que cada noche tienen que ser llenados por sujetos consumidores intercambiables. Las señales indicadoras te desvían a la cola de espera pertinente: Disco Orange, Bundymanía o Ultraworld; los guardias de seguridad registran tu cuerpo, para evitar riesgos; los uniformados con porra impiden la entrada de tu espíritu “no autorizado” y ya no tan soñador a las áreas para V.I.P’s. Los primeros auxilios patrullan por las salas de espera y delante de los lavabos un estudiante medio dormido vigila que se respeten las fronteras simbólicas entre damas y caballeros.
Todos se comportan como si se hubiera de afrontar el peligro de una energía destructiva nacida en la borrachera Tecno por medio de la fijación de la profiláctica identidad del sujeto y la limitación reglamentada de sus posibilidades de actuar. Es como si, con el hundimiento del orden simbólico simulado en la noche del mundo indeterminada y repleta de luces parpadeantes, fuese a cobrar vida una sobreproducción paranoicodespótica de restricciones y limitaciones simbólicas.


Muchos aspectos del programa subversivo Tecno, que a menudo se mencionan, no han sido desarrollados. Esto está relacionado, en parte, con el ya esbozado problema de la subversión bajo las condiciones del capitalismo tardío, porque la subversión ha devenido una función propia del sistema. Un sistema cibernético resulta difícil de “subvertir”. Posee la ventaja estratégica de poder integrar aspectos de lo nuevo, lo alternativo, lo otro. Aquí no se trata únicamente de cibernética, sino de semiocracia (dominio de los signos), porque la integración de las diferencias funciona tomando los signos puros de una cosa y llevándolos a las secciones de moda, hacia lo exótico, radical, chic, etc. El contexto del Tecno, su contenido —estética progresiva del sonido, euforia psico-acústica progresiva, principio del club, intercambio de las posiciones entre productores y consumidores, acoplamientos hombre-máquina, descentralización del sujeto, etc.— no tiene continuidad y permanece al margen. Lo que flota libremente es la señal Tecno de la estética Cyberspacio, salas de sonido y luz electrónica, flipe y éxtasis bajo el signo del Pop instantáneo y la industria del ocio. La razón de este desarrollo estriba en que hay solo unos pocos dentro de la comunidad Tecno con ganas de romper con la dinámica de la integración.


Prescindiendo de que formar parte del “mainstream” (la corriente principal, lo que sigue la mayoría) no es especialmente chic, y que por supuesto todos reniegan de los imitadores, parece no interesar a nadie que una práctica estética pueda escapar del juego de hacer simplemente de rejuvenecedor celular de la ingeniería cultural. Que os divirtáis! La revolución está a una camiseta de distancia.

Traducción de Maite Costa